El arte en los tiempos de la peste

“Lo que el alma hace por su cuerpo es lo que el artista hace por su pueblo.”

Atribuido a G. Mistral

Un buen hombre encontró por la mañana de un día cualquiera un mendigo y compadeciéndose del pobre le dio dos monedas. Por la tarde, volvió a encontrar al mendigo y picado de la curiosidad le preguntó en que había gastado las dos monedas.

—Con una compré un pan —respondió el mendigo— con la otra una rosa.

—¿Por qué hiciste eso?— preguntó sorprendido el hombre.

—Compré el pan para poder vivir y la rosa para tener por qué vivir.

Albert Camus, termina así su novela La peste:

Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las valijas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir a una ciudad dichosa.

Así es. Camus hace, a través de la peste, una metáfora del mal que asecha a la sociedad humana y nos dice que es necesario, siempre y más aún en tiempos de peste, espíritus alertas, dispuestos a revelar lo humano a través de la Poesía, Poesía no solo de la palabra, sino también del cuerpo, del color y el dibujo, de la arcilla y la piedra y la madera mostrando las formas que en ella se escondían, del sonido que ensancha el espíritu, Poesía que esté atenta a la verdad humana. En un palabra, Arte, más necesario que nunca en la fragilidad del ser humano y de la sociedad en que irremediablemente vive, expuestos a la pestilencia y la muerte.

Mantener la llama viva del Arte en los tiempos de la peste es un imperativo y un deber, que no podemos desconocer sino al precio de perder nuestra humanidad, nuestro altruismo, nuestra filantrópica presencia ante el otro, a ese otro a quien el maestro de Nazaret nos obliga a amar como a ti mismo.

Y el Arte no se hace en un paisaje etéreo. El Arte lo hacen frágiles mujeres y hombres de carne y hueso, que necesitan alimentarse y alimentar a los suyos; que necesitan un techo sobre sus cabezas; ropas y combustible para abrigarse; medicinas y atención de salud.

En estos momentos es cuando más la sociedad debe apoyar a los más débiles de entre los suyos.

Los artistas están entre los más desprotegidos ¿Cuántos de ellos viven sólo de las ventas de sus productos? ¿De talleres irrealizables en estos días? ¿De proyectos y frágiles boletas de honorarios? ¿Cuántos de entre ellos tienen programas de salud?

La combinación de los dos criterios aquí expuestos —irrenunciable necesidad del Arte y fragilidad de sus cultures— hace imprescindible levantar programas de apoyo inmediato a la contingencia del mundo del Arte, para lo cual proponemos algunas medidas de la máxima urgencia que puedan sumarse a otras propuestas en este mismo sentido.

Uno: establecimiento de un subsidio inmediato de apoyo base a los miembros de la comunidad artística.

Dos: implementación inmediata de un fondo concursable, de mínima complejidad burocrática, a través del cual los artistas puedan desarrollar iniciativas artísticas on-line o a través de los medios masivos de información: conciertos, presentaciones de artes escénicas, exposiciones, lecturas, libros digitales, cuenta cuentos, etc. Este fondo debe ser destinado en un 100% al pago de honorarios de los artistas involucrados, salvo que estos destinen voluntariamente parte de lo recibido en producción u operación de su proyecto.

Tres: implementación de un fondo concursable destinado a la docencia artística, que permita a los artistas, a través de los medios antes señalados,  dictar cursos, jornadas, charlas interactivas, etc. sobre aspectos de la Historia del Arte, Arte contemporáneo, perfiles de artistas (ojalá locales), técnicas artísticas, etc.

La rendición de estos fondos concursables debe ser solo a través de la presentación del producto comprometido y de una o más boletas de honorarios.

El Arte siempre es necesario; el Arte en los tiempos de la peste es imprescindible.

La izquierda y el debate en torno al Acuerdo por la Paz Social y Nueva Constitución

En estas últimas semanas se ha producido un intenso debate en torno al Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución, sobre todo dentro de las fuerzas de izquierda (en sentido amplio) que, hasta el anuncio del Acuerdo, empujaban conjuntamente por una Asamblea Constituyente. El debate se ha polarizado en dos posturas principales: una que defiende el Acuerdo y busca mostrarlo como ganancia para el movimiento social, representada por los partidos y simpatizantes de la ex Concertación, algunos partidos y miembros individuales del Frente Amplio, y distintos actores del debate –con y sin tribuna mediática. Y otra, que critica el Acuerdo porque considera que se concretizó a espaldas de los movimientos sociales y del pueblo movilizado que lo hizo posible, representada por el Partido Comunista y algunas facciones del Frente Amplio, por la Mesa de Unidad Social y distintas organizaciones sociales y sindicales a lo largo del país, y sobre todo, por miles de personas en las calles que se niegan a aceptar dicho Acuerdo como un cierre de las movilizaciones. Como ejercicio de honestidad con el/la lector/a, declaro de entrada que me encuentro en este segundo grupo.

Al respecto, como primer punto a despejar, me parece que el problema del Acuerdo es de legitimidad y no de resultados. En política, la forma es tan importante como el fondo. Las luchas por una Asamblea Constituyente así lo demuestran; el pueblo busca decidir y que no decidan por él, independientemente de cuál sea el resultado final. En consecuencia, el principal problema del Acuerdo es de legitimidad. Más allá del resultado, su dificultad es de origen: se fraguó en el Congreso a espaldas del pueblo movilizado, y entre políticos que son vistos por la mayoría de la población como parte del problema y no de la solución. De hecho, el Acuerdo podría tener quórums más bajos y el problema persistiría. Por lo tanto, los argumentos técnicos que se centran en los resultados del Acuerdo no logran comprender eso: que el problema es político y no jurídico.

Nadie duda del necesario aporte que abogadas/os pueden y deben hacer al proceso constituyente, pero este es el momento de la política entendida en su definición más llana: como la disputa por el poder. Lo que ha pasado en más de un mes de movilizaciones es el mejor ejemplo de cómo la política supera los espacios institucionales y de que el pueblo –en tanto soberano– exige incidir, decidir, parlamentar, en definitiva, entrar en la lucha por el poder. La Asamblea Constituyente expresa claramente lo anterior, porque la lucha es por establecer un mecanismo que permita al pueblo hacer uso de su poder soberano de autonormarse. Nada se sabe sobre el resultado de esa Asamblea. Extremando el argumento, podría ser, incluso, una mala constitución la que de allí derive. Pero eso sería harina de otro costal. La lucha es por devolver el poder soberano al pueblo. Es decir, es pura forma, mero mecanismo. Que el pueblo decida basta como argumento político.

Como segundo punto, me parece innegable que el Acuerdo le da una salida al Gobierno y una posibilidad real de terminar su mandato a Piñera, cuestión que hace sólo unos días se veía dificultosa. Por el contrario, de haberse considerado en la negociación a los movimientos sociales y sindicatos agrupados en la Mesa de Unidad Social, seguramente ésta habría exigido como piso mínimo –entre otras cosas– que se asumieran responsabilidades políticas por las gravísimas violaciones a los Derechos Humanos perpetradas este mes de movilizaciones. En otras palabras, aunque quienes defienden el Acuerdo insistan que su firma no quita que se siga persiguiendo estas responsabilidades, no son pocas/os entre sus filas las/os que se han restado y han criticado los esfuerzos en esa dirección, como la acusación constitucional contra Piñera. Pero, sobre todo, con su firma validaron a un Gobierno que tiene las manos manchadas con sangre, favoreciendo por acción u omisión que Piñera no responda por los más de 200 ojos mutilados, las más de 270 personas torturadas, las violaciones, los heridos, los más de 20 muertos y, sobre todo, por la ineludible responsabilidad que le cabe como presidente tras haberle declarado la guerra a su propio pueblo.

Como tercer punto, lo anterior no quita que, igualmente, los resultados del Acuerdo dejan dudas y zonas grises. La primera, que el órgano constituyente pareciera más bien estar constituido, ya que los quórums y otras materias están predefinidas. Que su nombre sea Convención Constitucional y no Asamblea Constituyente es una diferencia algo más que semántica. La segunda, que no considera la posibilidad de participación del pueblo organizado más allá de la representación. Por lo tanto, replica las lógicas de la democracia representativa y vertical del orden social constituido en un espacio que debiera ser constituyente y que, por tanto, requiere el trabajo de base a través de cabildos u otras instancias similares que el pueblo mismo ya se ha estado dando.

Esos tres puntos en disputa dentro de la izquierda tienen como telón de fondo, a mi parecer, una cuestión de clase. Porque la izquierda que apoya el Acuerdo ha salido en masa a señalar que exigir más democracia y participación es irresponsable, que carece de realismo y que es, incluso, deshonesto. Pero, ¿quién decide cuándo es suficiente? Conscientes o no, hacen un llamado al orden desde una determinada clase, “ocupando” ellos el lugar de quien decide, el lugar del patrón. Pero este último mes ha quedado demostrado que quien decide es el pueblo movilizado en las calles. Es el pueblo, haciendo política deliberativa en los cabildos, y política de manifestación y resistencia en las calles, el que ha corrido esa barrea de lo posible abriendo la puerta a una nueva constitución.

Lo anterior no impide que estar conforme con lo alcanzado y argumentar a favor del Acuerdo sea una posición completamente legítima. Son posiciones políticas con las que habrá que discutir. Pero sí considero ilegítima la postura que, diría, es mayoritaria en las vocerías de la ex Concertación y parte del FA, que cataloga de irresponsable y hasta poco ética la crítica que hace del Acuerdo esa “otra” izquierda. Los principales argumentos de la izquierda conforme con el Acuerdo hacia la inconforme son: que le hacen el juego a la derecha, que son maximalistas y voluntaristas, que carecen de responsabilidad, que desinforman, que cometen una deshonestidad, y hasta que son una “izquierda neoliberal” (como señaló Gumucio en esta columna)

Esta postura no sólo quiere cerrar la política en la técnica (ya se alcanzó todo lo que podíamos, es hora que cada cual vuelva a lo suyo) sino, además, no entiende la política (o no quiere hacerlo), porque invalida las críticas al Acuerdo desde la moral (por irresponsables y todo lo que se dijo), cuando posicionarse públicamente en un escenario de debate político es, precisamente, hacer política. En otras palabras, la posición de la izquierda conforme con el Acuerdo quiere decidir de antemano quiénes hacen política y quiénes no. Los firmantes del Acuerdo hacen política, los que no, sólo ponen trabas a la política. De esta manera, se elabora un argumento inmediatista y maniqueo, bajo la lógica falaz de los buenos y los malos.

En efecto, ¿qué dicen quienes apoyan el Acuerdo de que éste haya sido rechazado por la Mesa de Unidad Social y sus más de 200 organizaciones sociales y sindicales? Hasta ahora no se ha escuchado nada. Claramente, insisto, podrían disentir con Unidad Social y sería completamente legítimo. Pero lo extraño es que hace unos días, la sola existencia de Unidad Social les parecía garantía suficiente de participación popular y legitimidad. ¿Es que –a su juicio– la Mesa de Unidad Social y los sindicatos dejaron de dar esas garantías? Sería interesante escuchar sus reflexiones al respecto.

A mi juicio, lamentablemente la democracia política sigue siendo un bien escaso en algunos sectores de la izquierda. Pero no la Democracia con mayúscula de la que hablan en el Congreso, siempre arropada institucionalmente. Sino la democracia con minúscula, la cotidiana, la embarrada de calle, la que es legal y legítimamente soberana. Esa democracia que el pueblo ya empezó a vivir sin pedir permiso ni preguntarle a nadie.

La policía jurídica de la Nueva Constitución

Desde que se firmó el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución hemos empezado a ver un desfile de abogados dando charlas, en conversatorios y conferencias, explicando a la gente lo que significa una nueva constitución y lo que específicamente está contenido en el acuerdo. Una colega de Historia llamó a estas prácticas “traductor popular”, otro colega de Filosofía decía que desde que se había firmado el acuerdo empezaron a proliferar los foros y conversatorios con abogados y abogadas, quitándole tiempo y espacio a los cabildos y asambleas. Hoy en un conversatorio alguien dijo que parecía la navidad de los abogados. No hay duda: los abogados constitucionalistas están en su momento. Todos y todas aquellas que han dedicado sus estudios al derecho constitucional tienen mucho que decir y enseñar hoy. Sin embargo, como ya lo he suscrito en La trampa jurídica de una lucha social: respuesta a la declaración de profesoras/es de Derecho y Ciencia Política, reducir el debate y la acción política a la discusión de cómo se configura una nueva constitución atenta con el mismo movimiento social y, puntualmente, con la soberanía popular. Esto se debe –y es lo que me gustaría poner en discusión aquí– a que el punto de partida técnico-jurídico no es el de la igualdad. Por más que se intente argumentar que se trata de un proceso constituyente posibilitado por el movimiento social y por tanto de principio democrático, las organizaciones sociales no lo reconocen como propio afirmando que se ha hecho “de espaldas al pueblo”. Porque el acuerdo nos obliga a poner el foco de atención en la Constitución y no en el poder constituyente; de hecho se da cuenta en la importancia que el gremio le ha dado a la “nueva constitución” y a la indiferencia que ha tenido con lo que significa “el acuerdo por la paz social”. Y esto se reproduce cada vez que los abogados se paran a explicar “a la gente que no entiende” las condiciones para elaborar una constitución, ya sea plebiscito, quorum, hoja en blanco, etc. Lo que olvidan los juristas es que, aunque se pretenda exponer solo argumentos técnicos, hay allí una definición política. Por más que se pretenda tener una neutralidad y objetividad de especialista, no es posible negarla. Una muestra son los 30 años de mesas técnicas y de burocracia institucional que ha servido al fortalecimiento de la ideología neoliberal.

Este fenómeno puede considerarse un retroceso o puede ralentizar el movimiento que ha implicado no solo la protesta, sino sobre todo, el encuentro entre vecinos y vecinas a través de cabildos. Allí, la conversación y el debate parten desde una simetría donde la igualdad es el ethos constituyente. Los saberes circulan libremente poniendose a disposición de la causa común: una nueva Constitución. En cambio, he visto varios y varias abogadas posicionarse desde la jerarquía del saber, lo que hace que el proceso constituyente deje de serlo y sea sometido por un saber ya constituído. Esto corresponde a una forma de la política que el filósofo Jacques Rancière llamó policía, es decir, “una figura habitual del poder ejercido por hombres sobre otros hombres en nombre de una capacidad específica”. Lo que esto termina causando es una adaptación a ciertos saberes que bajo la idea –históricamente instalada– que el pueblo es ignorante, y que, por tanto, el abogado sabio y especialista nos tendría que venir a enseñar cómo adaptarnos como grupo de ignorantes insumisos a la nueva propuesta del gobierno y la oposición, que es también otra forma de la policía.

No se trata de una disputa disciplinar. En ningún caso. No se trata tampoco que los y las abogadas no participen de ninguna instancia del proceso constituyente. Se trata, más bien, de que pongan a disposición del pueblo soberano su saber. Se trata que sean servidores del pueblo y no de la clase política. Se trata de que repartan su saber desde las necesidades que el pueblo, bajo discusión democrática, le demande. Por esta razón, creo que haber suscrito el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución no solo confirma una posición política, aquella de servir a la política institucional, al gobierno como policía y, por tanto, en contra de la democracia, sino que también, el saber jurídico si se reparte desde la autoridad, el poder y la jerarquía ilustrada de los abogados, es doblemente policiaco y doblemente autoritario porque contiene el saber y la ley en una misma figura.

A 30 años de la Convención de los Derechos del Niño en Chile

Hace tres décadas, se logró la ratificación internacional de la Convención de los Derechos del Niño (ONU, 1990). Chile adhirió a ella, en el año 1990. Este hito, marcó un punto de inflexión respecto de la promoción y protección de los derechos de las personas menores de 18 años a nivel internacional, sin embargo, en nuestro país esta declaración no alcanzó para provocar cambios profundos. A pesar de que dicha convención establece cuáles son los marcos éticos y legales en el cuidado de la infancia, y que supone el rol de garante de derechos para los Estados, niñas, niños y adolescentes siguen siendo objeto de invisibilización y maltrato en nuestro país, cuestión acentuada a partir de los hechos mostrados en medios de comunicación masivos y redes sociales durante la crisis social que vivimos.

Previo a la movilización actual, contábamos con datos de UNICEF del año 2012, que señalaban que el 71% de los niños y niñas en Chile, eran objeto de violencia por parte de su madre y/o padre, y que un 26% eran víctimas de maltrato físico grave. Por otra parte, el 2017 Fiscalía informaba que en el 70% de los delitos sexuales, las víctimas eran menores de 14 años. Estas cifras, muestran una porción mínima de la transgresión a la que son sometidos niños y niñas en Chile, saltándonos el principio ético fundamental que implica la prohibición de dañar a quienes son más vulnerables y están a nuestro cuidado.

En la actualidad, datos de la Defensoría de la Niñez y el Instituto Nacional de Derechos Humanos, describen múltiples casos de apremios y amedrentamiento a la población infantil y adolescente por parte de Carabineros. Ejemplo de ello es la solicitud y acceso a los datos de un grupo de estudiantes que marchan en Aysén o la retención de un niño durante la noche, abandonándolo en un sitio lejano de su casa, en Valdivia. Lo que acontece, resulta aún más grave cuando se acompaña de cifras que evidencian claras irregularidades, en la actualidad 759 niñas, niños y adolescentes han sido visitados por el INDH en comisarías, comprobándose en la mayoría de los casos que no hay lectura de derechos ni constatación de lesiones, obligándoles además a compartir espacios cerrados con adultos detenidos. Por otra parte, 107 niñas, niños y adolescentes están siendo representados judicialmente por este organismo, al identificarse que fueron víctimas de tortura, tratos crueles y degradantes.

Hoy es urgente preguntarse, cómo generamos conciencia de que el maltrato a la infancia menoscaba la capacidad política y afectiva del ser humano en desarrollo, y que al mismo tiempo implica un presente y un futuro injusto para gran parte de la población.

 

 

Rondas de esperanza para la reconstrucción del amor a la humanidad viviente

“Para los niños trabajamos porque ellos son los que saben querer, porque ellos son la esperanza del mundo. […] La enseñanza, ¿Quién no lo sabe?, es ante todo, una obra de infinito amor” (Martí, 1961, p.5). Tal como lo sostiene el héroe y maestro cubano, la educación es la herramienta de transformación social que permite la creación de hombres fuertes y pueblos libres. Claramente, moldeado por la dictadura militar, nuestro sistema educativo aún no ha entendido ni ejercido este principio pedagógico básico de toda sociedad justa e inclusiva. Las niñas y los niños de Chile no han tenido el privilegio de gozar de una escuela que priorice sus necesidades, sus intereses, sus preferencias sensoriales, su conocimiento previo, sus sueños, sus fortalezas y su bienestar real, es decir, sus derechos fundamentales. Es un hecho que nuestras niñas y niños no han crecido sanamente. ¿Cómo entender que al abuelo lo torturaron durante una sangrienta dictadura militar, que a la madre la exiliaron cuando apenas tenía 4 años y que al tío lo desaparecieron?, ¿cómo aceptar que hay un compañerito en la escuela que vive en la pobreza extrema y no se alimenta bien, que hay una amiguita del barrio que se encuentra enferma pero que no tiene los recursos para tratarse con los fármacos más efectivos?, ¿cómo entender que hay otras niñas y otros niños en Chile que tienen derecho a mejores recursos para estudiar, únicamente porque sus familias pertenecen a un estrato socio-económico más alto?, ¿cómo aceptar que los carabineros a quienes honran en la escuela hoy sean los que agreden a su pueblo?, ¿cómo comprender que hay personas que han fallecido en esta lucha por la paz, que hoy hay 150 personas que han perdido parte de la visión, que hay 3.535 detenidos, 1.132  heridos, 43 niños maltratados y 2 fallecidos, que se han torturado compatriotas y que se han violentado sexualmente a mujeres que podrían ser sus madres o sus maestras (Observador de Derechos Humanos, comunicación personal, 2019)?, ¿cómo darle a conocer a una niña o a un niño que existe el maltrato animal, que los árboles, las tierras y las montañas son propiedad de los empresarios cuando le hemos inculcado desde pequeños que la tierra no nos pertenece y que somos nosotros quienes pertenecemos a ella?, ¿cómo mirarlos a los ojos y contarles que el agua está desapareciendo y que su planeta se está extinguiendo cuando cada día ellas y ellos mismos le expresan su amor y respeto a la naturaleza?, ¿cómo describir la represión que se ha ejercido sobre nuestro pueblo mapuche cuando ellas y ellos  lo respetan y admiran con el alma?, ¿cómo informales que las asignaturas que más les agradan y benefician en su desarrollo integral serán suprimidas?, ¿cómo encontrar las palabras exactas para que nuestras hijas y nuestros hijos tomen consciencia de que los gobiernos de turno desde hace 30 años los han expuesto a tanta violencia?

En lugar de convertirse en los componentes humanos más importantes y valiosos de todo proceso de enseñanza-aprendizaje, los infantes han pasado a ser víctimas de un verdadero apartheid educativo, caracterizado por una aberrante desigualdad y segregación de índole social, cultural y académica, y de un sistema económico que los ha preparado para la competencia y la injusticia social, y no así para la paz, dejando en el olvido que la falta de afecto, el maltrato, el alcohol y las drogas alteran el lóbulo frontal del cerebro que está a cargo del control de impulsos, de la toma de decisiones y de las motivaciones, entre otras funciones (Kwon,2015). La ciencia lo ha establecido: los traumas que ocurren en la infancia impactan dramáticamente el desarrollo del cerebro, el sistema inmune y hormonal e incluso la lectura y transcripción del DNA (Birke, 2015). También se ha afirmado que el aprendizaje no puede ocurrir sin emoción (Mora, comunicación personal, 2019); no obstante, cabe resaltar que, en Chile, los resultados científicos no han sido una prioridad para nuestras autoridades.

A modo de ejemplo, es posible evidenciar que 1 de 4 infantes en Chile vive en la pobreza, que más del 70% de las niñas y los niños chilenos afirman que han vivido violencia en sus hogares y que el 49,4% de estos infantes fracasa en la escuela, lo cual indica que existe una relación directa entre violencia intrafamiliar y rendimiento escolar. En este mismo contexto, según Trucco e Inostroza (2017, p.3), “Chile es el país más afectado en términos de rendimiento escolar debido a los altos niveles de violencia en los establecimientos educacionales”. A su vez, cabe mencionar que el 50 % de las niñas y los niños chilenos se ha sentido discriminado en su colegio. De este mismo modo, un reciente estudio internacional ha demostrado que el 55% de los infantes en Chile tiene su salud mental afectada, destacándose así que las niñas y los niños chilenos menores de seis años son los que muestran un mayor deterioro en este ámbito. Entre el 12 y el 16 % de estas niñas y de estos niños sufre de ansiedad y depresión, el trastorno por déficit atencional ha aumentado en un 43%, y las tasas de suicidio han incrementado en un 200% en niñas y niños entre 10 y 14 años. Resulta preciso también señalar que entre enero y marzo del 2019, 15 infantes y 17 adultos a cargo del SENAME no lograron sobrevivir a las crudas condiciones de vida a las que fueron expuestos a lo largo de sus vidas. Estos innumerables atentados a la dignidad humana han ubicado a Chile como uno de los países que más vulnera los derechos de su infancia (UNICEF, 2019; CASEN, 2017; Lecannelier, 2019 & Yilorm & Martínez, 2019).

En el contexto actual que nos convoca, es menester recordar que “[e]l hombre existe de forma independiente, libre, pero en comunión con los demás hombres” (Fariñas, 2009, p.36). De este modo, la autora nos indica que a lo largo de su existencia, el sujeto pertenece a diversos colectivos, con cuyos miembros comparte las mismas vivencias y ciertas características de la personalidad, que, a su vez, los hacen únicos como grupo. Si el ser humano no se forma en un ambiente social con condiciones de vida apropiadas, no es factible desarrollar su psiquis humana. No cabe duda que el sujeto es producto de sus relaciones sociales que se desarrollan mediante la cultura y es, por ende, un ser eminentemente social. Esta condición evidencia la necesidad de vivir y convivir, de reconocer, aceptar y liberar las emociones, de cultivar los valores y desarrollar las habilidades socio-afectivas y comunicativas del ser humano, las cuales incluyen la resolución pacífica de conflictos, la toma adecuada de decisiones, el desarrollo de las relaciones afectivas y de la empatía, la comunicación efectiva de ideas y de sentimientos, y el tratamiento de estados mentales pacíficos y optimistas, entre otros (Halcartegaray, Mena & Romagnoli, 2008).

Una pedagogía local con altas dosis de afecto, contención, reconocimiento, auto-estima, juego, multisensorialidad, artes y regalos lectores permitirá, sin lugar a dudas, que nuestros estudiantes reconstruyan su identidad individual y colectiva a partir de sus propias vivencias y hasta lograr el desarrollo de una personalidad que esté al servicio de una sociedad bondadosa y solidaria. Es evidente que la naturaleza humana implica sentir el amor a la humanidad viviente, del cual nos habla tan generosamente Ernesto Guevara en su Pensamiento Pedagógico (1977). Esa humanidad viviente constituye la mujer, el hombre, el infante, el adolescente, el anciano, los animales y los elementos naturales con los que interactuamos dialécticamente y compartimos nuestro vivir. Cuando estas relaciones se ven impactadas por la injusticia y la dignidad humana se ve desvalorizada, el individuo está atentando contra el principio del amor a la humanidad viviente (Turner, 2007, p.33). Considerando que este amor debe concretarse en hechos puntuales que se conviertan en ejemplos de vida para la sociedad (Guevara, 1977), percibo el estadillo social que está ocurriendo en Chile como un hecho concreto de este sentimiento. A pesar del profundo dolor que ha provocado la violenta represión, hoy hay un pueblo valiente de pie que está dispuesto a dar la lucha por la dignidad, por el respeto a los derechos humanos, por la justicia social y por empezar a “reconstruir las emociones, el abrazo y la mirada” (Lubuy, comunicación personal, 2019), hasta que el proceso de humanización se haya concretado y vivir en paz sea un derecho fundamental de nuestra nueva constitución. Chile ya ha tomado una decisión: esta reconstrucción ocurrirá en las calles, en las aulas, en los lugares de trabajo, en los barrios, en los hogares y en los senderos de nuestra naturaleza.Allende lo advirtió: “Toda sociedad debe ser una escuela, y la escuela debe ser parte integrante de esa gran escuela que es la sociedad, pero no la tradicional, introvertida, satisfecha de una enseñanza […] que no traspasa más allá de sus muros; […] construir la nueva vida y la nueva sociedad requiere […] una nueva voluntad, una nueva responsabilidad, y para ello tenemos que prepararnos (Allende, 1971, p.3-4).

En mi calidad de madre, educadora, activista social, Doctora en Ciencias Pedagógicas, profesora voluntaria en el SENAME y en la Escuela Hospitalaria, formadora de profesores, investigadora y conferencista a nivel nacional e internacional, y con toda la humildad que estos roles requieren, exijo al Gobierno que detenga la represión y la violación a los derechos humanos que se está ejerciendo en su dictadura. Ya no hay vuelta atrás, ya no es posible ignorar las rondas de esperanza del pueblo que está intentando reconstruir el amor a la humanidad viviente.

¡Arriba los estudiantes y sus profesores! ¡Arriba los que luchan!

Comparando el Sistema Educativo Nacional: Tres vasos ¿medio llenos o medio vacíos?

El 10 de septiembre de este año se publicó el Informe de la OECD “Education at a Glance 2019”, este reporte muestra comparativamente resultados de los sistemas educativos de los países pertenecientes a este grupo de países donde Chile es integrante. Si bien hay bastantes datos y dimensiones, nos gustaría poner el foco en tres aspectos dadas las coyunturas y los debates internos sobre Educación Pública que sostenemos actualmente.

Primer vaso medio lleno: Chile destina el 1,2% del PIB a financiar programas de educación parvularia, el cual es uno de los porcentajes más altos entre los países de la OECD. Vaso medio vacío: la matrícula en educación parvularia aún se encuentra por debajo del promedio de los países de la OECD.

Segundo vaso medio lleno: El personal docente de Chile es joven. Vaso Medio vacío: condiciones de trabajo son complejas: la cantidad de estudiantes que atiende cada profesor y las horas legales de trabajo se encuentran entre los porcentajes más altos, desde parvularia hasta educación media. El informe sugiere que esto podría desalentar a las personas para ingresar y mantenerse en esta profesión.

Tercer vaso, medio vacío: En Chile, el gasto total por estudiante en instituciones de educación escolar y educación superior es bajo y una gran parte de este se encuentra cubierto por fuentes privadas, particularmente en la educación superior.

Dados estos datos que no son muy novedosos nos invitan a reflexionar: si queremos cambiar y mejorar ¿por qué seguimos haciendo más de lo mismo?, las reformas denominadas “estructurales” de principios de esta década a mi parecer han quedado cortas o bien son limitadas para lograr un verdadero despegue que nos acerque a los estándares de desarrollo y logros educativos de los países OECD con quienes nos gusta compararnos cuando nos conviene, a todas luces y así está demostrado el “gasto” público en educación es una inversión para el desarrollo y la equidad social.

Esperanza activa: por una UACh con menos autos.

Fue difícil, pero leí completo el libro “Colapso: cuando el clima lo cambia todo”, de Manuel Baquedano (2019). La dificultad no vino de su longitud o complejidad, sino de la contundencia de los datos expuestos sobre lo que el título anuncia. Me abrumó, hasta el punto de mejorar mi aceptación de las personas que se refugian en la evasión o negación del conocimiento incómodo; también me tentó ese refugio mientras leía, casi evité el capítulo “El naufragio del Acuerdo de París”. La información obtenida se conectó con lecturas anteriores, sensaciones, observaciones de mi entorno cotidiano, con el dudoso simulacro de la COP25 en Chile que le disputará tribuna a las ofertas navideñas de diciembre y con Greta Thunberg interpelando con rabia a los líderes mundiales, rabia que comparto con vergüenza consiente pues sin que sea líder mundial, también estoy del lado interpelado sólo por tener 43 años y una profesión universitaria. De esto resulta un estado difícil de definir, por el cual cada vez me cuesta más responder bien cuando me preguntan ¿cómo estás?.

El libro de Baquedano golpea –yo ya venía golpeado- pero no noquea. Cerca del final, ofrece una idea que me/nos/te puede ayudar a mantener viva la ilusión: esperanza activa (Macy y Johnstone, 2018). Consiste en un proceso de tres pasos, simple de entender aunque no tan simple de realizar cuando se asume que en este caso no bastan procesos individuales: 1° hacerse una idea de la realidad enfrentada (acá el refugio de la evasión no sirve); 2° identificar el sentido que quisiéramos tomaran las cosas y 3° dar pasos en ese sentido. Ad portas del Día Nacional Sin Auto mañana viernes, esto debiera traducirse en 1° hacernos una idea del impacto de automovilistas de uso diario en el Cambio Climático con datos como que en 1896!! Arrhenius advirtió que la quema de combustibles fósiles causaría calentamiento global y en 2004 fuentes oficiales informaron que los automóviles son la más importante fuente de CO2, principal Gas Efecto Invernadero; segundo, orientarnos hacia universidades con un uso muchísimo menor del automóvil que el actual –la electromovilidad privada de cuatro ruedas no es parte de la solución- y tercero, implementar acciones que nos lleven a ese propósito junto con rechazar las que nos alejen de él.

 

Septiembre, el folklore y la escuela

Las Fiestas Patrias aparecen como una instancia propicia para la ejecución de bailes y manifestaciones históricamente tipificadas como folklóricas. Uno de los espacios donde mayormente ellas se escenifican es en los establecimientos educacionales donde, desde temprana edad, las y los estudiantes aprenden danzas folklóricas según “zonas culturales” en base a una división que tiene como referencia el Estado-nación chileno. Peñas escolares, kermeses y muestras culturales, son visitadas por ansiosos apoderados que aplauden los bailes chilotes, nortinos, centrinos o mapuche que realizan niñas y niños.

Lo que parece ser la expresión inocente de una idea de identidad nacional lo es menos si pensamos que la mayor parte de las niñas y niños que aprenden manifestaciones folklóricas lo hacen en pleno período de socialización formal, es decir, en una fase de la vida en que se aprenden significaciones, valores y expresiones mediante las cuales se facilita luego la comunicación humana y la vida en sociedad. El folklore aparece entonces como un elemento expresivo que abre puertas no solamente hacia aprendizajes psicomotrices, estéticos o para la comprensión de un “repertorio” determinado. En una sociedad como la nuestra, el folklore debería ser un instrumento a través del cual nos encontremos en nuestras diferencias y similitudes, con el horizonte de construir sociedades más respetuosas, solidarias y conscientes de las culturas originarias, migrantes, populares, etc. La labor de quienes trabajan las manifestaciones folklóricas en establecimientos va más allá de lo anecdótico de un canto o un baile y merece su debida atención en cualquier comunidad educativa. Sin embargo, lo anterior tampoco se llevará a cabo si predomina una mirada simplista sobre lo folklórico invisibilizando el aporte que muchas personas han realizado en este campo a lo largo del país y en América Latina durante los últimos 150 años. Aunque no lo parezca, es un ámbito que impacta en la conformación valórica y cualitativa de nuestra sociedad.

Premio Jorge Millas: “La palabra historiadora de Illanes”

La Universidad Austral de Chile establece hace 23 años el Premio Jorge Millas, con el objetivo de recordar y mantener el legado de este intelectual. Con este propósito ha reconocido en estos años, la trayectoria de destacados /as académicos/as que han contribuido con su obra al fortalecimiento de la Universidad y la Educación Superior en el país.

Este año este galardón será otorgado a la Dra. María Angélica Illanes, considerada una de las principales referentes de la historiografía nacional y que, junto a otros historiadores,  dieron origen  a la Nueva Historia Social chilena, corriente que ha posicionado una comprensión teórica y metodológica de viejos y nuevos problemas,  otorgando visibilidad a  los sujetos colectivos;  los marginados, la clase trabajadora, los pueblos originarios, la infancia, los movimientos sociales, la historia de las mujeres, entre otros.

La obra historiográfica de Illanes ha sido fundamental en la comprensión histórica de la construcción del Estado y de las relaciones de poder en el s. XIX y XX en el país. A partir de una propuesta historicista/dialéctica que fija su atención en la larga conquista por nuestros derechos; la salud pública, la educación, la asistencia escolar, en definitiva, la construcción del Estado con política social, desde una mirada descentrada, el poder estatal encarnado en las prácticas y discursos de los sujetos.

Su labor como docente por más de 40 años le ha permitido formar generaciones de historiadores e historiadoras que han abrazado tal como ella la pasión y el compromiso por recuperar la hebra perdida de la historia. Su compromiso público desde la labor historiadora y en particular frente a la progresiva pérdida de derechos y contra los diversos intentos de olvidos a lo largo de la posdictadura, se ha expresado en los diversos manifiestos de historiadores e historiadoras, además de entrevistas, columnas o notas de prensa.

En el actual momento país, frente a la equivocada decisión de eliminar por decreto la enseñanza de la Historia en 3er y 4to año, este reconocimiento adquiere una relevancia central, en particular por la vigencia de lo que ella denominó la “Batalla de la Memoria”, “la porfía del ‘retorno de lo reprimido’ se hace históricamente incontenible”. Su obra trascenderá por generaciones, traspasando los diversos fuegos del olvido.

Inclusión y Justicia Educativa

Hace casi 30 años, Chile ese sumó a los países que ratificaban la Convención de los Derechos del Niño (ONU, 1990), reconociendo con ello que el Estado debe velar por el respeto de un conjunto de derechos propios. Sin embargo, dicha convención ofrece un conjunto de desafíos que no hemos sabido abordar. Por ejemplo, la convención de los derechos del niño suele quedar supeditada al orden autoritario y a la necesidad de control sobre esta parte de la población, mal entendiendo principios básicos como el de participación social y autonomía progresiva.

Por otra parte, desde el marco político-legal se presentan propuestas que abren grietas y vacíos que permiten la vulneración de los derechos de niños, niñas y jóvenes; iniciativas como “aula segura” o “admisión justa”, apuntan a un país que pareciera construirse sobre una base de igualdad social, educativa y económica que hoy no existe. Dichas iniciativas, quieren mostrar tolerancia cero a la violencia, sin embargo, el sistema educativo hoy permite otro tipo de violencias sin un abordaje adecuado, como son el acoso (bullying), la exclusión y la segregación escolar. Actualmente, se construye una representación social de una juventud violenta, algunos casos particulares existen, pero llama la atención el uso político que se ha dado a situaciones aisladas en centros educativos específicos. Por otra parte, se levanta el mérito como una característica que permite distinguir entre quienes son merecedores de oportunidades educativas y quienes no, revelando una ficción difícil de sostener en un país desigual como el nuestro. Iniciativas como las mencionadas, invisibilizan las demandas de nuestra población, lo cual incluye cubrir las necesidades básicas de los niños, niñas, jóvenes y sus familias, y mejorar la convivencia escolar dentro de un marco sistémico

Necesitamos un sistema que garantice el derecho a una educación de calidad, ello debe rescatar la responsabilidad del Estado en educar a los sujetos, desde un marco de reconocimiento y valoración, entendiendo a la Educación como un espacio de justicia social. Chile requiere una proyección sobre lo que se necesita para lograr un sistema público más justo e inclusivo, que permita dejar atrás una historia de segregación y precarización que ha hecho mucho daño.