Memoria y Universidad

Discurso inaugural del foro/panel “Construyendo futuro desde la historia” que ofreció el Decano, Dr. Yanko González Cangas.

Fernanda Luzzi Miércoles 11 de Septiembre, 2013
Guillermo Araya

Guillermo Araya

Muy buenas días en nombre de la Facultad de Filosofía y Humanidades quisiera saludar a las autoridades de la universidad, a las autoridades de la Facultad de Filosofía y Humanidades, del Instituto de Comunicación Social, la Escuela de Periodismo y su Centro de Estudiantes. A nuestro invitados nacionales, que nos honran con su presencia y compromiso. Saludar también a las autoridades y colegas de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales que hoy nos acompañan, a la profesora Gladys Mujica y todo el equipo de colegas y estudiantes de nuestra Facultad, organizadores de esta importante actividad, que nos convoca a reflexionar sobre el Golpe de Estado, la Dictadura y Después. Queridos colegas, estudiantes y funcionarios que se han sentido convocados, e interpelados; abiertos a escuchar y ser escuchados sobre estas memorias, historias y proyectos: un afectuoso saludo desde la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Austral de Chile.

[1]“Somos lo que recordamos” decían en coincidencia Ítalo Calvino y José Lezama Lima. Aserto provocador que más allá de su polisemia, frota el espejo siempre empavonado de la relación entre memoria individual y colectiva. Lo sabemos, toda memoria es social, retenemos y fijamos con la argamasa que compartimos las cadenas de experiencia que la palabra, la mirada, las relaciones de clase o las propias convenciones sobre el recordar, nos posibilitan. Sí, toda memoria es social, aunque por sobre ese fondo no discutible, se empina otra, la memoria colectiva, aquella memoria dividida, agonística y en disputa, que ordena las memorias individuales para combatir a otras, a “lo dado”, “lo fijado” de la secuela más incómoda de la memoria social: la historia.

Hoy, a 40 años del Golpe de Estado, como Decano y ciudadano de esta universidad, no puedo soslayar una parte “situada” de esta secuela: nuestra propia historia institucional. Porque aunque toda memoria sea una “política del presente” –de ahí su fragilidad-, posibilitar su trabajo público y contrastivo –y no en sordina- es misión ineludible de toda universidad que no sólo aspira a alcanzar las fronteras siempre móviles del conocimiento, sino también servir a la democracia. El adagio, convertido en lugar común, dice que si no aprendemos de la historia, nos veremos obligados a repetirla. Cierto. Pero si no cambiamos el presente, nos veremos obligados a soportarlo.

Como se sabe y ha quedado registrado en la prensa de la época, la Universidad Austral de Chile, como institución, es la primera de las universidades chilenas en plegarse al Golpe de Estado. Ello debido a que su rector William Thayer –conocido adversario de la Reformas Universitarias- había sido reelegido en julio de 1973, imponiéndose al candidato que se expresaba -y visualizaba- como impulsor de las reformas estatutarias llevadas a cabo en la UACh y alineado con el gobierno de la Unidad Popular: Guillermo Araya Goubert. En consonancia con sus posturas, Thayer tendrá una contribución decisiva en la pérdida de autonomía de las universidades chilenas, puesto que romperá la unanimidad del Consejo de Rectores –liderado por Edgardo Boenninger- en su intento por demandar a la Junta de Gobierno la no imposición de rectores delegados en las distintas casas de estudio. Consecuentemente, Thayer después de iniciar un proceso de “reorganización”, deja la Universidad Austral en octubre de 1973 en las manos del Coronel (R) Gustavo Dupuis y el 8 de noviembre del mismo año, recibe el grado de Doctor Honoris Causa por los servicios prestados a nuestra Universidad.

Aunque las decisiones a nivel interno de la rectoría de Thayer desde el inicio de su gestión y producido el Golpe militar, han sido investigadas y contrastadas por nuestro colega Fabián Almonacid en su libro sobre la historia de la universidad y otras interesantes aristas han sido descritas biográficamente por el ex académico de la Facultad de Medicina y ex Intendente de Valdivia Sandor Arancibia Valenzuela en su libro de memorias, la “bitácora” de esas decisiones, circunstancias y ambiente universitario de entonces, lo son menos. La publicación “Memoria 1973 de la Universidad Austral de Chile” construida a partir de las Actas que en esos meses de aquel año registra el entonces Secretario General de la universidad retienen un tiempo, un modo y un lenguaje institucional cuya pretensión, como es obvio, apelan a una esquiva neutralidad. De este modo, aparecen como las de un “yo prismático” que se esfuerzan en narrar de forma remota una profecía autocumplida. Actas, como memorias instituidas, que inscriben aquella duda o pregunta temporal por su escritura o reescritura, acorde al desenlace de los hechos. Quizás por ello, la carta de los Decanos Guillermo Araya (Filosofía y Letras), Agustín Cullel (Bellas Artes) y George Dresdner (Ciencias) al director General de la UNESCO en 1974 deviene en negativo de esa fotografía ya velada. “Contramemoria” de la Universidad que testimonia las sombras del Golpe en nuestras aulas: profesores y funcionarios detenidos y vejados física y sicológicamente y estudiantes asesinados. Junto a ello, una total reorganización académica y administrativa apoyada por el entonces senado universitario que implicó la remoción de sus cargos a diversas autoridades, la expulsión de connotados profesores y casi el desmantelamiento de muchas unidades y actividades investigativas. Así mismo, la invalidación de las matrículas de todos los estudiantes, el inicio de un proceso de rematriculación controlada por una comisión compuesta por las nuevas autoridades y la negativa a la entrega de cualquier documento que pudiese acreditar estudios en la universidad de muchos de nuestros estudiantes. Dicha misiva fue entonces y es aún, una de las escasas fuentes que, desde las antípodas de la Universidad intervenida y militarizada, dimensiona la irracionalidad y el impacto académico y humano que supuso el Golpe de Estado en nuestra Institución.

Memorias públicas y privadas que disputan, desde la fijación del recuerdo, una historia institucional –la de la Universidad Austral y, por extensión, la del conjunto de Universidades en Chile- que a los 40 años de producido el Golpe Militar nos advierte sobre el revés del aserto inicial: somos –también- lo que olvidamos. Advertencia que fue cristalizada vivamente cuando la Facultad de Filosofía y Humanidades cumplió 50 años de existencia en 2006. Allí, en el contexto del Congreso Internacional de Humanidades organizado para la ocasión, se reunieron y reencontraron decenas de profesores, ex profesores, estudiantes, ex estudiantes, familiares y amigos históricos de nuestra Facultad, cuyas memorias testimoniaron lo que la institución sólo había balbuceado y lo que el silencio había obliterado. Nuestra Facultad fue una de las más asoladas producido el Golpe de Estado –fue reducida casi a la mitad- y las memorias que se manifestaron y diseminaron en aquel encuentro resignificaron las expresiones de perdón grabadas en 1994 en un monolito, por las graves omisiones de nuestra Universidad ante las violaciones a los derechos humanos. Sin embargo, ese 26 de mayo 2006 se grabaron en otra piedra los nombres de José René Barrientos W., Víctor Fernando Krauss I., José Gregorio Liendo V., Mario Alejandro Mellado M., Sergio Raúl Pardo P., Héctor Darío Valenzuela S., Hugo Ribol Vásquez M., José Luis Appel y Carmen Angélica Delard C. Nueve de nuestros estudiantes ultimados. Y se escucharon las voces de sus padres, hermanos y amigos. Así, lo impronunciable quedó dicho y cincelada quedó su presencia en los tiempos de la vida, para que el silencio no fuese otra injuria. Porque si la memoria colectiva es refugio, atalaya y reservorio para corregir, acicalar o incordiar a la historia, la memoria individual/biográfica no es escudo, sino cuerpo: la responsable de desbrozar, abrir y herir al descampado el control del recuerdo.

La carta de los tres Decanos al Director de la UNESCO nos obliga a finalizar estas palabras recordando lo que aún se resiste a la memoria instituida, quizás porque nos habla de ese Golpe como lo que verdaderamente fue y será: un pisotón de barbarie a la esencia identitaria de la universidad, que obtiene parte de su fuerza de la connivencia interna y que se expresa en la expulsión arbitraria y casi inmediata de brillantes colegas, muchos de ellos detenidos y vejados al interior del propio campus (como lo atestigua la propia carta de los Decanos): Gastón Gainza, Miguel Gallegos, Hernán Poblete Silva, Santiago Adán, Carlos Leighton, Sandor Arancibia, Carlos Opazo, Grinor Rojo, Leonidas Morales, Alvaro Rivera, Nelson Bruno García, Eliana Horwitz, Ernesto Luna, Hernán Bahamondes, Carlos Viviani, Fernando Mujica, Alfredo Zamora, Peter Weinberger, Osvaldo Reig, María Mana, Mario Rinvolucri, Praciano Pereira, Víctor Valembois, Dietgar Gronau, Fernando Couso, Héctor Rodríguez, Aldo Aguilera, José Tolosa, entre otros, y junto a todos ellos, el ex Decano de nuestra Facultad, Guillermo Araya Goubert.

Este último -preciso es recordarlo-, resume el espíritu y el hacer de muchos de estos profesores y funcionarios. Junto a su reconocida estatura científica en el campo de la lingüística y la literatura, el sello que le había impuesto Guillermo Araya a su vida académica fue el de la defensa irrestricta a la libertad de pensamiento como atributo de una universidad democrática y su confianza en Ia capacidad dialogante de las ideas. Lo testimonian sus colegas, estudiantes y amigos: la palabra que mejor definió su personalidad social e intelectual, modelada en Ia mejor tradición humanista de Ia universidad chilena, fue precisamente esa: diálogo. Su hacer social dialogante se manifestó con lucidez y generosidad aun en los momentos más críticos, cuando habiendo sido candidato a rector de Ia Universidad Austral y Decano, debió enfrentar la prisión, el exilio y las actitudes irracionales para acallar sus argumentos. Recuerdan sus colegas y amigos que en Ia comunidad universitaria valdiviana de ese entonces, se solía relatar la vez que en una sesión del senado universitario, uno de sus miembros, incapaz de rebatir los argumentos del académico, se levantó y propuso que se le impidiera el uso de Ia palabra “porque el profesor Araya pretende hacer uso de su inteligencia para convencernos”. Para ese entonces, Guillermo Araya era el impulsor de una reforma democratizadora de los estatutos de la Universidad y planteaba una definición de Ia misma que tiene hoy más vigencia que nunca: “categoría  social del conocimiento”, “sobre cuya base adquiere pleno sentido su misión social y, a Ia vez, se hace inequívoca su vocación libertaria y antidogmática”. Él junto a muchos, se empeñaron en el difícil acceso a Ia libertad de los seres humanos por Ia  vía que habían escogido: el estudio y el conocimiento. Lema de Ia Universidad –su universidad- a Ia que dedicaron lo mejor de su existencia, encarnando en sus trayectorias académica y praxis humana, el deber de conquistar Ia libertad para sus semejantes.

La vejación que padecieron desafía y se resiste a las memorias institucionales porque es quizás, la afrenta más vergonzante acaecida en nuestra Universidad. Ya se sabe: Lo difícil no es el poema, sino tener corazón para escribirlo. Lo propio ocurre con la memoria, lo propio ocurre con el futuro.

 Muchas gracias.

[1] Parte de este discurso junto a documentación de archivo, fue publicado el día de hoy 11 de septiembre de 2013 en la Revista Caballo de Proa Nº81.