Dr. Carlos Calvo dictó curso intensivo “Relaciones entre el rol del Investigador y el Gestor Educacional”

Colaboración de Pamela Romero / Periodista Escuela de Graduados – Fac. Filosofía y Humanidades
Actualizado el 06-09-2010

Equipo Facultad Viernes 11 de Noviembre, 2011

Durante la semana pasada el Dr. Carlos Calvo Muñoz dictó un curso electivo titulado “Relaciones entre el rol del Investigador y el Gestor Educacional”, al que asistieron estudiantes del Magíster en Educación y del Doctorado en Ciencias Humanas de la Escuela de Graduados de la Facultad de Filosofía y Humanidades. El Dr. Calvo es Ph.D. en Educación por la Universidad de Stanford (Estados Unidos), y actualmente es académico de la Universidad de La Serena.

En medio de su visita quiso compartir algunas de sus visiones en torno al sistema educacional chileno y a la labor de los docentes.

¿Por qué es necesario reflexionar sobre las “Relaciones entre el rol del Investigador y el Gestor Educacional”?

En este curso se trata un tema que me gusta mucho y que normalmente no enseño. Me atrae porque vincula el rol del Investigador con el del Gestor Educacional. Y cuando me lo propusieron la primera vez me pareció atractivo, porque permite encontrar qué es lo que hay de común en estas dos tareas, que son más o menos iguales. Pero la diversidad surge de la especificidad de cada una de las dos. No es lo mismo gestionar un proyecto educativo que investigar un tema. Lo que yo trabajo con los estudiantes es tratar de encontrar el o los puentes de unión entre ambos para simplificar la vida y simplificar los procesos. Para encontrar que no son actividades diametralmente opuestas ni antagónicas, sino que son actividades complementarias, necesarias para mejorar la labor educativa.

En relación a las últimas mediciones SIMCE (2009), ¿Cuál es el análisis que hace del actual sistema educacional en nuestro país?

Yo creo que la escuela está mal pensada, no la escuela actual, sino la escuela como institución histórica. Está mal pensada porque metemos a los niños, a los jóvenes, a nosotros mismos, a estudiar y a aprender de una manera que creo que no es ni siquiera natural. Porque la escuela nos fuerza a un comportamiento que no nos fluye. Hay otras maneras en que nosotros aprendemos y fluimos lúdicamente y aprendemos bien. Eso lo ejemplifico con los niños pequeños. A medida que van creciendo van manifestando capacidad de aprendizaje, tienen una propensión a aprender que es fantástica. Tienen una capacidad extraordinaria y aprenden muy bien y se ven fascinados aprendiendo. Y llegan a la escuela y todo se tranca. Y se tranca aquí y en cualquier parte del mundo, en donde hay supuestos buenos resultados escolares. Después nos acostumbramos y creemos que ese es el habitad normal de nosotros y creemos que eso es lo natural. Yo pienso que no. Pienso que el trabajo del profesor es justamente pensar si esta es la escuela que queremos seguir sosteniendo. Mi propuesta es que debemos modificarla, y eso es bastante difícil. Pero una vez que lo hagamos, el proceso educativo y los aprendizajes escolares van a ser mucho más sencillos. Porque van a dejarse fluir del modo en que el ser humano piensa.

¿Cómo debería ser esta escuela “disoñada”?

A mi me encanta ese término. Es un regalo maravilloso de unos colombianos que dijeron que el ser humano tiene el derecho a diseñar lo que quiere soñar. Entonces cuando uno diseña lo que quiere soñar, después construye su sueño. Su sueño, no el sueño de otro. Ahora, el sueño de uno no tiene por qué ser opuesto al sueño de otro, sino distinto.

La escuela “disoñada” debe ser  una escuela propositiva, que permita que el alumno disfrute del asombro ante su ignorancia. Hoy la ignorancia la castigamos. Y esta diversidad que la escuela castiga es lo que hace rica la vida. Entonces la escuela castra la vida. Si hay asombro, uno se mueve a tratar de dilucidar aquello. Y organiza procesos de indagación.

El error que cometemos en la escuela es plantearle al estudiante cómo tiene que hacer esa indagación para que sea exitosa. Entonces le quitamos la aventura. Y la característica de la aventura es que uno se va a encontrar con sorpresas. Y la sorpresa está en encontrar respuestas alternativas a lo que dice la ortodoxia. Normalmente la respuesta alternativa no es aceptada,  entonces nos cuesta mucho en los programas de postgrado que el alumno se suelte y se atreva pensar. Están acostumbrados a repetir lo que dice un autor. Y el niño pequeño repite lo mismo.

¿Cuál es su opinión frente a las constantes críticas y mediciones de las que son objeto nuestros profesores?

Me parece bien que se establezcan criterios de evaluación, pero veo que hay como una especie de obsesión por medir. Yo no estoy en desacuerdo con esas mediciones, con el darnos cuenta de que estamos avanzando. Pero esto ha provocado un deterioro de la imagen personal, profesional y social de los profesores. Hoy un profesor “vale hongo” como dicen los jóvenes. Nadie lo respeta. Por eso creo que se debería evaluar y medir a todas las profesiones por igual. Lo justo seria que todas las profesiones sean puestas en el escrutinio público

¿Cuál es la importancia que le da al “formador de formadores” dentro del proceso educativo?

Es fundamental, no tanto en la entrega del conocimiento, sino que en el modelaje. Hay que darse cuenta de que los alumnos están mirando, observando cómo uno encarna aquello que está enseñando. Además, el formador de formadores debe ser maestro.  O sea, el alumno cuando se encuentra con su profesor tiene que reconocer y darse cuenta que su maestro sabe más que él. Cuando el alumno se da cuenta de que su profesor no sabe, le pierde el respeto.  Pero este profesor, que sabe más que su alumno, no tiene que ser soberbio. Tiene que ayudar a que el otro llegue a su nivel y, más tarde, siga adelante. Aunque el alumno no tiene por qué seguir el mismo camino de uno, puede seguir otro.